La comunicación lleva años cambiando, aunque no siempre al mismo ritmo que la realidad a la que intenta dar respuesta. Nuevas herramientas, nuevos formatos y nuevas plataformas conviven con mensajes que, en muchos casos, siguen siendo difíciles de entender.
En ese contexto, no solo cambia la forma de comunicar, sino también las expectativas de quien recibe la información, especialmente cuando se trata de mensajes que afectan a su día a día.
En el ámbito de las administraciones públicas —y también en proyectos y organizaciones de otro tipo— esta tensión es cada vez más evidente. Se comunica más, pero no siempre mejor. Se publica información, pero no siempre se acompaña. Se está presente en redes sociales, pero eso no garantiza comprensión ni utilidad real para quien recibe el mensaje.
A esta sensación se suma otro factor clave: la sobrecarga informativa. Nunca ha sido tan fácil acceder a la información y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan fácil perderse en ella. Para muchas personas, especialmente cuando se trata de trámites, derechos o decisiones importantes, el problema ya no es encontrar información, sino entenderla y saber qué hacer con ella.
De cara a este 2026, más allá de modas o tecnologías concretas, hay una idea que atraviesa muchas de las tendencias actuales: la necesidad de comunicar pensando de verdad en quien recibe el mensaje. En sus tiempos, en su contexto y en sus necesidades reales.
Desde esa mirada general, pero con el sector público como referencia clara, repaso, a continuación, algunas tendencias de comunicación que, a mi juicio, marcarán la comunicación en los próximos meses.
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De informar a orientar: la comunicación como ayuda práctica
Durante mucho tiempo, comunicar ha sido básicamente sinónimo de informar. Publicar una nota, difundir un anuncio, o trasladar un dato. En muchos casos, con eso se daba por cumplido el objetivo.
Hoy esa lógica se queda corta.
Cada vez más personas se enfrentan a mensajes que tienen consecuencias prácticas: plazos que cumplir, trámites que iniciar, ayudas que solicitar, cambios normativos que entender y un largo etcétera. En ese contexto, la comunicación no puede limitarse a decir “esto es así”, sino que debe ayudar a orientarse, a interpretar y a actuar.
No se trata solo de decir qué ha cambiado, sino de explicar con claridad a quién afecta ese cambio, qué hay que hacer exactamente, cuándo debe hacerse, y qué ocurre si no se hace.
Esta tendencia se aprecia con claridad en aquellas administraciones que están replanteando su comunicación no como un escaparate, sino como parte del propio servicio público.
Por ejemplo, ayuntamientos que acompañan una ordenanza o una convocatoria de ayudas con guías prácticas, preguntas frecuentes o vídeos explicativos que orientan paso a paso a la ciudadanía.
Comunicar deja de ser un acto puntual para convertirse en un proceso de acompañamiento.
Y lo que es evidente es que informar sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente.
Personalización: adaptar sin excluir
La personalización de contenidos es una de las tendencias más repetidas en comunicación y marketing. En el ámbito público, sin embargo, requiere una lectura distinta y mucho más cuidadosa.
Aquí no se trata de impactar más ni de segmentar por razones comerciales, sino de facilitar el acceso a la información.
Adaptar los mensajes a perfiles concretos puede significar, por ejemplo:
- Ofrecer información distinta a quien busca un trámite por primera vez que a quien ya lo conoce.
- Priorizar contenidos según momentos vitales (emancipación, empleo, dependencia…).
- O estructurar la información para que cada persona encuentre antes lo que necesita sin tener que navegar por múltiples páginas.
Algunas administraciones ya trabajan en esta línea mediante portales ciudadanos más personalizados, avisos segmentados o secciones específicas para determinados perfiles.
El reto está en hacerlo sin generar desigualdades, sin excluir a nadie y sin vulnerar la privacidad. En 2026, veremos más intentos de personalización responsable, basada en criterios públicos y transparentes, donde el objetivo no sea segmentar por segmentar, sino reducir la complejidad informativa y mejorar la experiencia de la ciudadanía.
Inteligencia artificial: apoyo técnico y criterio humano
La inteligencia artificial ya forma parte del día a día de muchos equipos de comunicación, también en el sector público, y su uso seguirá creciendo en los próximos años.
Su uso seguirá creciendo en tareas como:
- Generación de borradores de textos informativos,
- Resumen de documentos extensos o normativas complejas,
- Adaptación de contenidos a lectura fácil,
- O la agilización de respuestas informativas básicas en canales digitales.
La tendencia clara no es delegar la comunicación en la IA, sino integrarla como herramienta de apoyo. Especialmente en el ámbito público, donde el contenido tiene implicaciones legales, sociales y personales, la revisión humana no es negociable.
En 2026, las mejores prácticas pasarán por combinar eficiencia tecnológica con criterio profesional y responsabilidad comunicativa. La IA puede ayudar a ganar tiempo y a simplificar procesos, pero decidir qué se dice, cómo se dice y con qué tono seguirá siendo una tarea humana.
Lenguaje claro: una condición de acceso, no un estilo
Hablar de lenguaje claro ya no es una novedad, pero su importancia sigue creciendo año tras año. La diferencia es que cada vez se entiende más como una cuestión de derechos y no solo de estilo o buena redacción.
Textos incomprensibles, formularios confusos o instrucciones mal explicadas no son solo un problema de comunicación: son barreras reales para muchas personas. Barreras que dificultan el acceso a servicios, ayudas o derechos básicos.
En 2026, el lenguaje claro dejará de verse como una mejora opcional y se asumirá como una infraestructura básica de la comunicación pública. Esto implica trabajar no solo en cómo se redactan los textos, sino también en cómo se estructuran, cómo se presentan visualmente, y cómo se prueban con personas reales, con distintos niveles de comprensión y en distintos dispositivos.
Comunicar claro no significa simplificar en exceso ni eliminar matices, sino hacer comprensible lo necesario para que la información sea realmente útil.
El vídeo en redes sociales como formato explicativo
El vídeo seguirá ganando peso, especialmente en formatos breves y verticales pensados para redes sociales como Instagram, TikTok, YouTube Shorts o incluso LinkedIn.
En el ámbito público, el valor del vídeo no está tanto en la viralidad, sino en su capacidad para explicar de forma sencilla.
Probablemente, cada vez veremos más vídeos breves que explican un trámite paso a paso, piezas para aclarar cambios normativos, contenidos que responden a preguntas frecuentes, o mensajes pensados para verse desde el móvil, en poco tiempo y sin sonido, entre otros muchos contenidos.
Algunos ayuntamientos y administraciones ya utilizan estos formatos para explicar procesos complejos de forma sencilla, acercando la información a canales que la ciudadanía ya usa en su día a día.
La tendencia no es “hacer vídeos”, sino usar el vídeo cuando realmente aporta claridad.
Un buen vídeo institucional no es el más creativo ni el más espectacular, sino el que consigue que quien lo ve entienda mejor qué tiene que hacer y qué se espera de él.
Comunicación pensada para buscadores generativos
La forma de buscar información está cambiando. Cada vez más personas formulan preguntas completas en buscadores que ofrecen respuestas directas, no solo enlaces.
Esto plantea un reto importante para la comunicación pública: que la información oficial sea clara, esté bien estructurada y pueda ser interpretada correctamente fuera de la propia web institucional.
En 2026, comunicar bien también significará pensar los contenidos para que respondan a preguntas reales en lenguaje natural, eviten ambigüedades y mantengan el rigor incluso cuando se consumen fuera de su contexto original.
No se trata solo de posicionar mejor, sino de asegurar que la respuesta que encuentra la ciudadanía es correcta y comprensible.
Transparencia que se entiende
La transparencia, por su parte, seguirá siendo un eje central, pero con una exigencia cada vez mayor: explicar lo que se publica.
Datos, informes y documentos son imprescindibles, pero no garantizan por sí solos comprensión.
Cada vez es más evidente que publicar sin contexto puede generar más confusión que claridad.
La tendencia apunta hacia una transparencia que contextualiza la información, que traduce lo técnico, que ayuda a interpretar la información, y responde a las preguntas que realmente se hace la ciudadanía.
En este sentido, comunicar transparencia no es publicar más, sino explicar mejor.
Conclusión
Las tendencias en comunicación para 2026 no apuntan tanto a hacer cosas nuevas como a hacerlas de otra manera. Con menos ruido, y más sentido. Con menos acumulación de mensajes y más preocupación por la comprensión.
En el ámbito público —y también fuera de él— comunicar mejor no es solo una cuestión técnica. Es una forma de acompañar, de orientar y, en última instancia, de generar confianza.
Espero que este post te haya resultado útil, especialmente, si trabajas gestionando la comunicación o la transparencia en una administración pública.
Si quieres dejar tu opinión acerca de estas tendencias o de alguna otra más, te leo en comentarios.

Periodista y funcionario local, especializado en comunicación institucional.